Crema
La crema de maicena dura 40 años...
Un día cualquiera, alguien baja al sótano de una casa construida en 1885 y encuentra un objeto de cobre con una forma extraña: un disco redondo con tapa calada y un mango larguísimo. No se parece a una sartén ni a una pala, y nadie en la familia sabe para qué servía. La respuesta es sorprendente: es un calentador de cama, el «radiador portátil» de los abuelos de nuestros abuelos.
También conocido como calientacamas o braserillo de cama, es un recipiente de cobre o latón, con tapa perforada y un mango largo de madera, diseñado para llenarse con brasas y pasarse por entre las sábanas antes de acostarse. Los agujeros de la tapa dejaban salir el calor sin que cayeran cenizas sobre la ropa de cama.
El mango permitía llegar hasta los pies de la cama sin quemarse y mantener las brasas lejos de la persona. Por eso suele medir entre uno y dos brazos de largo.
Los calentadores de cama antiguos son piezas de colección. Su valor depende del estado, la antigüedad, la decoración y la procedencia. Si encontraste uno, no lo limpies con productos abrasivos: puedes borrar la pátina que lo hace valioso. Lo mejor es consultar con un anticuario o un tasador.
Antes de la calefacción central y las frazadas eléctricas, entrar a una cama helada era parte de la rutina invernal. Este objeto lo demuestra: el ingenio de cada época para sentirse un poco más cómodo.
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